Relato autorizado para publicación

Una cirugía de vesícula cambió mi vida

Mi experiencia con dolor ignorado, complicaciones biliares y secuelas que aún continúan

Inicio del caso CPRE y cirugía de vesícula
Hallazgo posterior Estenosis de vías biliares
Consecuencia actual Procedimientos repetidos y afectación diaria
Aviso: este relato corresponde a la experiencia personal de la paciente y fue organizado editorialmente para facilitar su lectura.
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Testimonio sobre complicaciones biliares, dolor y atención en salud

Mi nombre es Blanca Yaneth Ramos y autorizo la publicación de este relato. Lo comparto con profunda tristeza, porque entiendo lo que significa atravesar una cadena de errores, omisiones, falta de humanidad y falta de atención cuando una persona está vulnerable y necesita respuestas.

Mi caso comenzó en el año 2022. Para ese momento tenía como antecedentes relevantes una gastritis crónica y cálculos biliares. Inicialmente fui atendida en la FCI, pero por temas administrativos y de espacio fui remitida a la Clínica del Occidente. Allí viví una experiencia que me marcó profundamente, al punto de desarrollar miedo y fobia hacia los servicios de salud.

Llegué el 1 de noviembre de 2022 al quinto piso. Quedé incomunicada, sin ropa, solo con una bata, y estuve así durante tres días, sin saber de mi familia ni que ellos supieran claramente de mí. Estaba esperando una CPRE para extraer cálculos del conducto biliar y, posteriormente, poder realizar la cirugía de vesícula, una colecistectomía.

El 3 de noviembre me llevaron en la tarde para el procedimiento. Al despertar, una persona del equipo de sala me dijo que no se había podido hacer nada. Pregunté qué seguía y me respondieron que tocaba esperar si me programaban para otro intento o si me pasaban a cirugía así. Esperar significaba varios días más de incertidumbre.

Ya en habitación le manifesté al médico que pasaba revista que el antibiótico me quemaba y que mis manos estaban con ronchas, como una reacción alérgica. Sentía que no resistía ese medicamento. Sin embargo, según mi experiencia, no recibí una respuesta clara ni una explicación suficiente sobre lo que iba a suceder conmigo.

El 4 de noviembre, en la mañana, me dijeron que ese día pasaría a cirugía. Entré en pánico porque estaba sola; desafortunadamente mi familiar no había podido estar conmigo y yo no entendía bien cómo iba a ser todo. Sobre el mediodía me llevaron. Cuando el personal de sala vio la vena, retiraron inmediatamente el paso del antibiótico y preguntaron por qué nadie lo había hecho antes.

Antes de la cirugía me pasaron el consentimiento. Pregunté cómo iban a operarme si no habían podido sacar los cálculos. La persona que me entregó el documento se sorprendió y dijo que preguntaría al cirujano. Luego se acercó el médico que, según entendí, me operaría, y me dijo que no había problema, que la diferencia era que mi cirugía se demoraría un poco más que una vesícula normal. No recibí mayor explicación.

Después, al revisar mi historia clínica, me quedó la duda porque figuraba también otro profesional. No entendí con claridad quién inició la cirugía, quién la terminó o cómo fue realmente el procedimiento. Esa falta de información me dejó con preguntas que hasta hoy pesan.

En el postoperatorio, aún entre dormida, sentí un dolor demasiado fuerte. Rogué, supliqué y lloré pidiendo ayuda. Una persona que había estado conmigo antes en el quinto piso se acercaba y miraba el monitor, pero yo sentía que nadie hacía nada real para ayudarme. Pasó mucho tiempo mientras yo seguía pidiendo auxilio, hasta que finalmente llamaron al anestesiólogo.

Cuando el anestesiólogo llegó, me habló con paciencia y me dijo que me pondría algo para el dolor. Yo asentí. Cuando el medicamento empezó a pasar sentí como si girara por un hoyo negro. Después escuché al médico decirle al personal que algo estaba cerrado y que el medicamento no estaba pasando. Luego otra enfermera confirmó que efectivamente no me estaban pasando líquidos ni medicamentos.

Yo sabía que era normal tener dolor después de una cirugía, pero también sabía que no era normal sentirlo al punto en que lo estaba viviendo. Para mí, ese momento fue una muestra dolorosa de desatención.

Después de tres días tuve egreso. Al llegar a casa seguía con dolor. Tenía un drenaje en T y pensé que esa podía ser la causa. Sin embargo, pasaban los días y no mejoraba: tenía fiebre, dolor, no podía dormir y debía permanecer semisentada.

Acudimos por urgencias. Según recuerdo, ni siquiera me tomaron la temperatura al ingreso; solo lo hicieron al salir, cuando ya había bajado. Me retiraron el tubo y me dijeron que ya podía retomar mi vida normal. Sin embargo, algunos laboratorios que llevaba anotados no estaban normales y la PCR estaba muy elevada.

Regresé a casa, pero continué mal, con fiebre y dolor. Fui a consulta y el médico se asustó al verme, por lo que me direccionó nuevamente a urgencias. Decidí no volver a la Clínica del Occidente porque allí había vivido demasiadas situaciones difíciles. Fui a Cafam, donde me realizaron exámenes y otros procedimientos, y decidieron hospitalizarme.

Estuve con antibiótico varios días y poco a poco los síntomas fueron cediendo. Una médica propuso una nueva CPRE. Cuando le dije que en Occidente no habían podido, me respondió una frase que nunca olvidé: “A veces el problema no es de flecha sino de indio”. Esa frase me dejó pensando en todo lo que había ocurrido.

Pasaron los días y empecé con episodios de escalofríos, dolor corporal muy fuerte y fiebre. Al comienzo eran episodios cortos y no tan seguidos, pero con el tiempo cambiaron.

En 2023, en un examen de control, apareció nuevamente que tenía cálculos en la vía biliar. Me realizaron una CPRE por urgencias en la FCI. Allí el gastroenterólogo era experto y, aunque no dijo que hubiera sido fácil, logró sacar los cálculos.

Continuaron los estudios para entender por qué seguía ocurriendo. Pasé por muchos laboratorios, biopsia de hígado y varias hospitalizaciones por dolor y fiebre. Finalmente, en enero de 2024, me hicieron un estudio especial con SpyGlass que reveló la causa: una estenosis de las vías biliares. Según me explicaron, las vías biliares se habían dañado a raíz de la cirugía de vesícula.

Con el tiempo conocí más casos parecidos. Personas cuya vida cambió por completo después de una cirugía que muchas veces se presenta como algo simple. Eso me hizo entender que una complicación de este tipo no solo afecta un órgano: cambia la vida entera de una persona y de su familia.

Intentaron manejar mi caso con stents. En una ocasión uno se salió al tercer día. Luego hicieron otro intento, pero finalmente recibí el concepto de un hepatólogo que me dijo que mi caso era de cirugía y que los stents no iban a servir.

Empezamos trámites. Me valoraron en la Fundación Santa Fe, pero no me autorizaron el procedimiento allí, así que quedé nuevamente en el aire. Después, gracias a la orientación de una persona, llegué al cirujano hepatobiliar de Clínica Colombia. Él asumió mi caso, ayudó a agilizar el trámite y en diciembre de 2024 me realizó una reconstrucción de vías biliares.

Mientras aún estaba en proceso de recuperación, los estudios de control mostraron nuevamente estenosis relacionada con la cirugía. Empecé otra vez con síntomas: escalofríos, fiebre, dolor muscular y articular. Ya no rendía en mi trabajo. En algunas crisis debían enviarme a sentar por lo fuertes que eran los episodios y por lo mal que me ponía.

En mayo de 2025 recaí con más fuerza y tuve que acudir a urgencias. Me realizaron un drenaje transparietohepático, porque no fue posible hacerlo por vía endoscópica. Estuve con ese drenaje durante más de tres meses.

Más adelante, nuevamente encontré atención en el camino con un especialista que asumió mi caso, logró pasar a la zona afectada y empezó a realizar dilataciones y colocación de stents para intentar salvar la cirugía y evitar una nueva intervención mayor.

En medio de tantos procedimientos, citas, síntomas y trámites, tuve que dejar mi trabajo. Hoy mi hogar depende únicamente de mi esposo. Llevo varias dilataciones y procedimientos para poder mantener abierto el paso hacia la zona de la hepaticoyeyunostomía. He tenido síntomas difíciles: piquiña insoportable, fiebre, malestar, alteraciones del sueño, pérdida importante de peso y desgaste físico.

Hay días en los que me da miedo comer, porque temo que la comida aumente la producción de bilis y termine bloqueando el paso que unieron entre el hígado y el intestino. A estas alturas, los procedimientos han sido tantos que incluso se ha hablado de intentar otro tipo de stent que dure más, para no intervenirme cada dos o tres meses. Pero también se ha mencionado la posibilidad de una nueva cirugía, aunque no parece una opción sencilla.

Hoy siento que estoy en manos de Dios, con una vida que muchas veces no se siente como vida. Los síntomas, la incertidumbre y el desgaste psicológico me han afectado profundamente. Aunque intento seguir, me cuesta no pensar en qué va a pasar más adelante. Eso me angustia, me entristece y me estresa.

Muchas veces me he preguntado si mi vida sería distinta si desde el inicio hubiera recibido la atención adecuada, en el lugar adecuado, con más humanidad, más claridad y más cuidado. No lo sé. Lo que sí sé es que mi vida cambió a raíz de todo lo que ocurrió.

Comparto mi historia porque entiendo el dolor. Entiendo lo que se siente rogar ayuda. Entiendo el trato indiferente. Entiendo la falta de empatía y la falta de amor por lo que se hace en salud. Y también entiendo que contar estas historias puede ayudar a que otras personas no se sientan solas.